Jiménez Casero, Antonio


Nombre:

Antonio Jiménez Casero 

Origen:

Azuaga (Badajoz) 1952 

 

Identidad:

Profesor, Novelista...

 

Enlaces:

 

http://antoniojimenezca.blogspot.com.es/

 

Contacto

C/ Demófilo, 2 7º D

41020 SEVILLA

Tfno: 676.210.587

Correo Electrónico: ajota52@gmail.com



Biografía

 

Nació en Azuaga (Badajoz) en la primavera de 1952. Consta en su biografía que fue un niño sin escuela en los primeros años de su vida; un niño más de la dehesa extremeña en la España que purgaba las culpas de una guerra que nos dejó una larga secuela de miserias. 

 

Fue a la escuela después, en Guadalcanal, entre los ocho y los nueve años; unos meses tan solo para aprender el catecismo y hacer la primera comunión. Llegó sabiendo. Muy leído, además. La infancia sin compañeros de juego deja tiempo y solicita alimento para la imaginación. Tuvo la fortuna de heredar y reciclar una bien dotada biblioteca de libros usados y a punto de ser abandonados en un estercolero. 

 

Ganó luego una beca de las que el franquismo otorgaba a los muchachos pobres para enviarlos a las Universidades Laborales y adaptarlos a la España del desarrollismo que empezaba a despuntar. Jamás pisó la Universidad Laboral. 

 

Se pidió plaza en el Seminario de Pilas. Afirma que a los nueve años la palabra vocación carece de sentido. Lo convenció otro muchacho, con dos argumentos que entonces le parecieron invencibles. “Allí cada curso tiene su propio campo de fútbol y tenemos una piscina más grande que esta plaza”.

 

Según cuenta él mismo, los de PiIas fueron años buenos; recibió una formación sólida y una visión del mundo que no desmerece de otras. Juan XXIII había propuesto a la Iglesia el necesario “aggiornamento”  en el Concilio Vaticano II y eran tiempos de apertura y suavización de las maneras. 

 

Tuvo que arreglar luego el asunto de su creciente agnosticismo. Y abandonó los estudios de Teología, al poco de recibir una propuesta, y la promesa de una beca, para estudiar Exégesis Bíblica en la Universidad Pontificia de Roma. Ya por entonces sabía mucho latín y griego y había hecho un curso acelerado de hebreo bíblico, no muy diferente del actual, del que ya no recuerda una palabra.

 

Al poco consiguió un contrato para trabajar en la Kodak en alguna ciudad alemana que ya no puede recordar. Tenía nociones de alemán y un diccionario sucinto de esa lengua. Tenía, además, el vuelo largo de los extremeños pobres, capaces de embarcarse en cualquier dirección y no, precisamente, por afán de aventura.

 

Hubo en su casa familiar un debate agrio, pero breve, en la mesa camilla. Ganó su padre porque a él le estaba permitido golpear la mesa con el puño cerrado como argumento irrebatible. Nunca llegó a Alemania.

 

Compatibilizando trabajo con estudios se licenció en Filología Clásica  en la Universidad de Sevilla, ciudad en la que ha ejercido de  profesor de Secundaria y Bachillerato en Institutos Públicos durante toda su vida profesional.

 

Ganó el premio Felipe Trigo de relatos breves de autores extremeños en 1984 con la obra “Siempre nos vienen las sombras a la huella”.

 

Ganó el premio de novela “Felipe Trigo” en el año 1988 con la obra “El  morador insomne”.

 

En 1997 colaboró en la obra colectiva “El Bosque de los Cuentos” para conmemorar la creación de uno de los Parques de referencia en la ciudad de Sevilla con motivo de la Exposición Universal de 1992, El Parque del Alamillo. Fue publicado por Signatura Ediciones Andalucía y los derechos fueron donados a UNICEF.

 

En la actualidad mantiene el Blog “Crónica de la Indignidad” en el que revisa la actualidad política, económica y social.

 

Tras algunos años alejado de la creación literaria por obligaciones profesionales,  y, como consecuencia de un reto planteado por su alumnado de Humanidades, asumió el compromiso de escribir “Medea murió en Corinto” (2016).


Obra publicada

  • Siempre nos vienen las sombras a la huella. Badajoz,  Universitas Editorial, 1986.
  • El morador insomne. San Fernando de Henares (Madrid)  Editorial Bitácora, 1989
  • “El extraño caso de Caperucita Roja” En la obra colectiva “El bosque de los cuentos”. Sevilla Signatura Ediciones, 1997
  • El morador insomne Edición de autor, 2015 Autopublicación Tagus (a beneficio de la ONG Acción Solidaria ya!)
  • Medea murió en Corinto. Lisboa (Madrid)  Chiado Editorial, 2016

 

En red:

http://indignadosdeayer.blogspot.com.es/

http://antoniojimenezca.blogspot.com.es/p/os-regalo-un-cuento.html

 


Premios

 

  • Premio Felipe Trigo de narraciones breves 1984 
  • Premio Felipe Trigo de Novela 1988

Textos

Fragmento de “El morador insomne”

Premio “Felipe Trigo” 1988

 

“La santa Engracia sabía  conjuros contra muchos males. A la luz de un candil, negro de hollín y tiempo, les recitaba a las  criaturas aquejadas por el mal de ojo ensalmos centenarios al tiempo que trazaba sobre sus cabezas extraños signos cabalísticos. Entre cien ovejas, la saludadora distinguía a las mordidas por animal rabioso. Y aun tenía otros mil oficios semejantes, que se contaba que preparaba filtros de amor para mujeres despreciadas y composturas para honras marchitas; se murmuraba, también, que preparaba oraciones mágicas para procurar desgracia al enemigo. Y como echadora de cartas alcanzaba su fama a muchas leguas, atravesando los espacios montaraces y desiertos.  Atravesaba incluso la ciénaga del tiempo, transmitida de padres a hijos como un recurso más para afrontar la vida. Gozó ella de fama merecida y perdurable, apenas ensombrecida por las echadoras de cartas que peregrinaron hasta la villa aquel agosto en que se inauguró oficialmente el Jardín de las Tatuadas. Más duro revés recibió su economía, de por sí frágil y mudable, cuando algún desaprensivo puso en venta los relicarios con el humor venerable  de Amparo de los Reyes.  Fue un revés pasajero. Pronto se agotaron los relicarios, incluso los que  falsificaron con esencias florales y agua destilada los emprendedores oportunistas que se multiplican en torno al sortilegio de cualquier milagro. Y volvieron las aguas a su cauce; y la clientela fiel, a los remedios contrastados  de la  ensalmadora  cercana y familiar.

El cura levantaba su voz, tan bien timbrada, contra todas aquellas prácticas contrarias a las enseñanzas de la Santa Iglesia. Cierto que, vencido por la longevidad inexplicable de la Engracia, y disminuido en sus propias energías por el paso del tiempo, había cedido en el empeño. Era, además, como predicar en el desierto. Y aguardaba. Ya se sabe que Dios, el buen Dios, antes o después, acaba enderezando lo que está torcido. A la santa Engracia la tenía defendida su leyenda; la necesidad colectiva de alimentar la frágil esperanza con la magia oculta, el poder inexplicable, la sabiduría secreta y ancestral.

Muchas veces fue ella el tema de conversación más socorrido en charlas de rebotica.

Don Pascual Redondo, el boticario, se daba a componendas al amparo de sus lecturas escasas. Cierta ventaja les llevaba a los demás en el asunto de las lecturas; porque, salvando al cura que enterraba de cuando en cuando la mirada en los latines del breviario, lo único que leían los contertulios era el librillo de las cuarenta hojas. Y, más que leer, se pasaban las horas cantando. Cantando las cuarenta y las diez de últimas.

Todo lo que no sea una ilustración cristiana – solía repetir el boticario- , con jerarquía, cada uno en su sitio, no sacará a la gente de la incultura y de la superstición. Tiene la Engracia más clientela  que don Santos, aquí presente.

El doctor Santos Óleos Lucerna, que leyó luego mucho, sobre todo literatura religiosa y tratados de psiquiatría moderna, le contestaba a veces:

Ándese con cuidado, don Pascual, que la Ilustración no trajo al mundo sino desmadre y revoluciones.

Por eso digo que cristiana,- se defendía el otro indefectiblemente, amparando su razonamiento en aquel adjetivo protector.  Y a cualquier observador imparcial podría parecerle que eran actores viejos, representando un único papel toda la vida, por el gusto de oírse los unos a los otros en un teatro vacío.

Muchos años atrás la santa Engracia le había tocado el vientre hinchado a Pura Expósito con sus dedos sarmentosos. 

Llevas dentro la ruina de tu casa – cuenta Panarra que le dijo ella a la muchacha. Porque es Panarra la fuente principal de nuestra historia.

Llevas dentro la ruina de tu casa. Es hijo de la fuerza sin amor; del poder que no distingue ganado de personas; es hijo de tu miedo y tu vergüenza, Pura. Llevas dentro tu ruina.

Lo curioso es que no era entonces Panarra pregonero. Todo lo más sería uno de aquellos zagalones que robaban nidos en las acacias del camino de la estación, o fruta en las huertas del ejido para desesperación de los hortelanos.  Es posible, también, que los pregoneros se transmitan entre sí los acontecimientos más notables de toda una comarca y que sea su memoria el cemento imprescindible para que fragüe la memoria colectiva.

Pura Expósito, una niña hermosa, pálida y enlutada, sin que se le conociera muerto reciente en la familia, sintió un escalofrío que recorrió su entraña, y aceleró el paso huyendo de la sensibilidad atormentada de la sanadora. Llevaba en los ojos, traspasados de llanto, un temor casi animal de cierva a la que persigue una jauría. Escondía con el luto su vergüenza. Porque Segundo Soria había marcado el resto de su vida, su derecho a compartir su vida con un hombre. Llevaba la marca de su poder, de su violencia, de su fuerza insensible. La misma marca que los herradores grababan a fuego en su ganado, en el anca de sus yeguas, en sus yuntas de tiro, en sus monturas, en el aparejo de sus bestias, en las vallas de sus tierras acotadas, en los portones de sus cortijadas. La misma marca que llevaba bordada en sus camisas.

No tuvo tiempo ni para descubrir el amor. Casi en los albores de la vida, descubrió que hay hombres que toman lo que quieren con una violencia arrasadora.

Y la señora Soria, severa, encanecida,  llena de fuerza altiva, como un águila madre defendiendo el peñón de sus dominios, que le dice:

La obligación de una mujer es defender su honra.

Pura Expósito aguardaba veredicto  y lloraba en silencio, con un llanto convulso, incapaz de encontrar una palabra acusadora para otros. Consciente de que la culpa verdadera radicaba en ser mujer y pobre; en su belleza joven e indefensa al alcance del deseo del poderoso. Esa era la culpa original, sin redención posible.  Y allí, de pie, aguardaba veredicto atormentada por la sequía prematura de su vientre y hundida bajo el peso de  aquella vida ajena, minúscula, amenazante, que aleteaba apenas en su entraña de niña.

¿Quieres marido, Pura...? Se te busca marido y ya tendrá apellidos la criatura. 

Quién sabe si no andaría pensando en el Brusco Miracielo para cargar con la criatura. Por entonces el Brusco Miracielo era muy dócil. Valía para cargar con su deshonra.

Negó con la cabeza. Así era la fuerza de la casa Soria;  la fuerza que generaba el desorden siguiendo sus impulsos naturales, y restablecía otra vez  el orden necesario para que el mundo que sustentaba su poder tuviera una apariencia humanitaria.   Un ciclo sin principio ni fin, alimentado con la sumisión y la pobreza. 

Pues, entonces, la Engracia; que tiene fama de arreglar estas cosas...

Y Pura Expósito volvió a negar con la cabeza.

Cuando el niño nació, decía la gente que era el vivo retrato de Segundo Soria; sólo que sacó los ojos oscuros de la madre. Y ella lo crió con la ayuda secreta que llegaba de la casa grande mientras estuvo viva la anciana matriarca.

El único problema con el Brusco es que tampoco él tenía apellidos conocidos.”