Montero López, Josefa


Nombre:

Josefa Montero López

Origen:

Zafra (Badajoz) (1969) 

 

Identidad:

Novelista autodidacta..

 

Blog:

https://www.facebook.com/JosefaMonterolopez/

http://josefaml.blogspot.com.es/

 

Contacto

pmontero1969@gmail.com



Biografía

Josefa Montero López, autora. Nacida en 1969 en Zafra (Badajoz) donde reside actualmente. Autodidacta.

Encuentro de Caminos es su primera novela, publicada por Ediciones Carena, en mayo de 2015.

Fue  finalista en el concurso de relatos en cadena, de la Cadena Ser, con el microrrelato “Ojos que no ven la realidad”.

El relato erótico “Tardes de pasión” también escrito por la autora, está incluido en una recopilación de relatos eróticos, publicado por la editorial EDISI, libro titulado “Exploradores del placer”.

“Sara y el libro que enseñaba a imaginar” es un cuento ilustrado que salió a la luz de la mano de la editorial Babidi-bú libros infantiles y juveniles, en noviembre de 2015. 

Actualmente sumergida en la escritura de otra novela, esta vez histórica.

 


Obra publicada

  • Encuentro de caminos
  • Sara y el libro que enseñaba a imaginar
  • La casa del cerro. Ed. Acidalia. 2020

Bibliografía sobre el autor

  • Una obra de arte es siempre una fotografía, más o menos panorámica o profunda de la microsociedad que rodea a los autores. Poder “releer” la obra con los autores, familiares y amigos ante unas cervezas a veces revela más que miles de sesudos estudios académicos.
    Josefa Montero es una artista en un entorno en el que, visto desde fuera parece prosaico, pero que está fuertemente impregnado por las ganas de salir adelante, por la entrega a los otros, por la fidelidad a la literatura, por el trabajo de la hermosísima gama cromática de la vida. José Membrive (ediciones carena)
  • No se podría crear una obra como Sara y el libro que enseñaba a imaginar si su autora no fuera una persona dinámica, activa, emprendedora y llena de ilusión por cada paso que da. El 23 y 24 de abril se celebró la Feria del Libro en Zafra (Badajoz) y Josefa Montero, autora de la obra y escritora de BABIDI-BÚ, realizó un sinfín de actos. Con motivo de esta Feria, el centro de profesores y recursos de Zafra junto a la Oficina de la Igualdad de la Mancomunidad de Municipios Río Bodion organizaron una actividad, en la que han participado profesores y alumnos de distintos colegios públicos, renombrando calles y plazas con el nombre de autoras españolas, extremeñas y locales, como Josefa Montero. La Plaza del Pilar Redondo cambió por ese día su nombre a Plaza de Josefa Montero López y ella misma colocó la placa.
    La obra estuvo expuesta en la caseta de la Feria, cedida por el Ayuntamiento, teniendo una gran aceptación por parte del público. Josefa también presentó Sara y el libro que enseñaba a imaginar a los niños del Club de Lectura de Puebla de Sancho Pérez (Badajoz). Fue un acto bonito ya que los pequeños estuvieron muy entregados, atentos y participativos con sus preguntas. Después de hablarles un poco de cada uno de los cuentos que integran el libro, la cuenta-cuentos María Orellana les relató la historia del Pequeño Tornillo. Los adultos que asistieron también disfrutaron.

Por último, Josefa fue entrevistada por los chicos y chicas de Down Zafra en la sección de cultura de su programa de radio. Una mañana inolvidable con todos ellos. Una autora entregada a su obra y a despertar una sonrisa en la cara de las personas que se acercan a su imaginación. 


Textos

ENCUENTRO de CAMINOS

1.

Esa tarde de verano, como tantas otras de esa misma semana, salió con la escopeta  a entrenar unos tiros, pues le habían invitado a una cacería por Extremadura el próximo mes y quería ir con gran dominio de su puntería. Se adentró en los bosques buscando algún animalillo en movimiento, pero la tarde parecía tranquila y con pocas oportunidades de disparo. 

Al anochecer, cansado de una tarde tan infructuosa, decidió marcharse, pero al hacerlo un sonido tras unos matojos llamó su atención. Apuntó hacia el lugar esperando el movimiento que delatara a su presa, en cuanto tuvo certeza de que allí se movía algo con vida disparó. Al llegar al sitio donde pretendía encontrar algún conejo, un sudor frío comenzó a resbalar por su espalda y por sus sienes. Una mujer de avanzada edad yacía en el suelo con un orificio en la cabeza, de donde salía un hilo constante de sangre. Asustado, con un temblor que parecía nacer en sus extremidades superiores y en avance crecimiento hasta sus piernas, haciendo que casi cayese al suelo, la miró a los ojos que aún permanecían abiertos. 

En ese momento ella levantó la vista y sus ojos se quedaron clavados en los de él, una de sus manos se alzó casi involuntariamente guiada por la poca fuerza que quedaba en su cada vez más inerte cuerpo, para pedirle ayuda. Segundos después moría.

                                          * * * * * *

Bajo el cielo estrellado y sobre la tierra cálida de esa noche de verano del año 1958 y en otro marco distinto pero muy cercano, venía al mundo un nuevo ser. 

Contracciones casi intermitentes empujaban su cuerpecito hacia abajo sin remisión, haciendo que cada vez estuviese más cerca de su destino.


LA CASA DEL CERRO                  

Capítulo 1

Hace muchos años que la familia Blanco ya no vive en esa casa que asoma a lo lejos del cerro, pero aun así, cuando recorro el lugar, puedo notar la presencia de todos ellos como si el tiempo no hubiese pasado por allí.

Aunque ahora esté cambiada por el desgaste que las inclemencias han producido en ella, tiene intactas muchas cosas de antaño: Una bonita chimenea, un horno de piedra con su puerta de hierro macizo y unos postigos de madera en sus ventanas, que aunque lucen descoloridos y agrietados, aún conservan algunos de ellos las aldabas con que se cerraban por dentro, eso sí, bastante oxidadas.

Cierro los ojos y veo a Manuel  cogiendo la azada, andando con paso decidido a sus quehaceres labriegos; puedo ver a María, la esposa, amasando en la cocina el pan que luego, una vez cocido en el horno de piedra,  les serviría de alimento.

Mercedes, la hija mayor, pasea en su cintura a una linda criatura de pocos meses de edad por el patio delantero, en el que dos hermosas palmeras te reciben al entrar, junto a unas decenas de geranios que cuelgan enredándose por las rejas de las ventanas. Los hay de todos los colores: rojos, blancos, rosados e incluso morados. En el suelo, unos maceteros con rosales color crema, de fino aroma, deleitan con su belleza al lado de los  claveles y las margaritas.

No faltan también la hierbabuena, el cilantro y el perejil, esparcidos por el suelo.

Menos mal que sus padres la han acogido a ella y a su bebé, pues son años de conflictos; a su marido se lo llevaron al frente a luchar, así que, de no ser por su ayuda habría quedado sola y desamparada, como muchas lo estaban al tener que despedirse de sus conyugues.

También observo, a través de la luz que entra por la ventana, a la abuela Alfonsa sentada en su silla de nea, con el resplandor del sol aterrizando en sus negras enaguas, haciendo un efecto calor muy beneficioso para sus huesos. A sus 85 años recién cumplidos aún conserva en la tez morena de su rostro los vestigios de su lozana juventud pasada.

Linda, la perrita de raza mezclada, a veces se asoma al regazo de la anciana para que ésta le haga unas dulces caricias, aunque cuando la mujer lo hace, siempre oye la voz de Maria diciéndole que no toque a la perra, pues es un nido de garrapatas y pulgas el pobre canino. Aunque las pulgas y chinches son habituales allí, sobre todo están bien instaladas en los jergones de lana donde duermen.

Paula es la otra hija que sigue a Mercedes, de hecho se iba a llamar Pablo si hubiese sido varón, en honor del primer hijo que llevaba ese nombre y que murió a los pocos meses de edad por unas fiebres muy altas.

 A veces baja sola hasta la fuente a recoger agua; un pilar de manantío donde también bebe el ganado, llamado “Las Navas”. En esas bajadas siempre encuentra algún joven, sentado en las piedras del camino acechando su paso. Su juventud y belleza los encandila a todos y pone envidiosas a las demás mozas.

Pero ella no les hace mucho caso, hasta ahora ninguno le ha gustado lo suficiente para aceptarlo como novio.

La esencia de todos ellos perdura en el tiempo, se palpa en cada estancia de la casa y en cada flor de madreselva que trepa por la reja oxidada de la entrada.

Yo podía verles a través de mis sueños, antes de venir aquí; esos que se me repetían a cada poco. Recuerdo exactamente la primera vez que soñé “distinto”, fue la noche que estuve velando a mi abuela en el tanatorio de mi ciudad, Rochefort, frente a la isla de Oléron, donde ella vivió casi toda su vida. Y digo casi, porque llegó a Francia siendo un bebé. Y aunque luego vivió en México unos años, retornó al país Galo. Esa noche estábamos todos: mis padres, hermanos, tíos y primos, despidiendo a esa mujer que nos había dado siempre tanto amor y cuidados. Me quedé dormida unos minutos en los que mi querida abuela salió de la vitrina donde estaba guardado su ataúd, sentándose a mi lado; se que fue un sueño y no una realidad palpable porque más tarde, cuando desperté, todo seguía en su sitio: mi abuela donde debía estar y todos mis familiares en los asientos que recordaba antes de dormirme.

En el sueño me contó que ella había nacido en España, en un pueblecito del sur de Extremadura cuando estalló la guerra civil.

Al  crecer e indagar sobre su procedencia, esos fueron los únicos datos que le dieron en el registro civil, donde todos los niños de la guerra habían sido inscritos. Solo le proporcionaron esos apuntes, no podían saber a qué familia pertenecía cada cual.

Después de decirme eso cogió mi mano entre las suyas y me dijo_  <<Encontrarás mis raíces y tú serás la nueva semilla que hará brotar todo de nuevo>> Y desde entonces los sueños se repitieron.

Pero luego les conocí más. Fue cuando viajé a esa tierra española y leí esas notas escritas en unos cuadernos que encontré un día, por casualidad, cuando me dirigía a visitar ese hogar, el hogar de mis antepasados. Un sueño, como no, me desveló el nombre de la ciudad y del sitio exacto donde vivieron.

Los cuadernos estaban escondidos bajo unas piedras en las que me apoyé antes de subir a la casa y  envueltos en una gabardina de soldado que los protegía.

Me senté en el mismo lugar donde estaban, después de haberme caído y magullado las rodillas; como si algo me hubiese arrastrado a caer precisamente ahí, como si algo hubiese querido que los encontrase.

Tal como les describo al principio de mi relato es como quiero verles y no como los acontecimientos narrados en esas líneas me dicen que acabaron todos. Pero de algún modo, aunque me duela, las leeré una y otra vez para que se sepa de sus vidas y de sus muertes.