Hoyas Santos, Juan María


Nombre:

Juan María Hoyas Santos

 

Origen:

Cáceres (1965) 

 

Identidad:

Narrador, Ensayista, Profesor...

 

Blog:

Con c de Confín (blog) http://juanmahoyas.blogspot.com.es/

 

Contacto

juanma@samarkanda.org



Biografía

Licenciado en Filología Hispánica. Trabaja como profesor de Lengua Castellana y Literatura en un instituto de Enseñanza Secundaria de Plasencia. Compagina la docencia con la paternidad, los viajes, la literatura y la fotografía. Amante de la naturaleza y los espacios abiertos, ha visitado treinta y cinco países en los cinco continentes y elaborado varios video-fotomontajes digitales: Marruecos, año nuevo en el desierto (2007) Viajar (2015) Patagonia, el sueño de la Tierra (2016) y Un viaje a nueva Zelanda (2016). Asimismo, cuenta en su haber con dos exposiciones fotográficas: Extremadura en bici y Camino del Inca.


Obra publicada

  • Extremadura en bici. Cáceres. Autoedición*, 2001
  • Itinerarios ecoturísticos por la Trasierra-Tierras de Granadilla. Ceder Cáparra, 2004
  • Viento de Cara. Autoedición, 2005
  • El Centro del Mundo y otros relatos. Autoedición*, 2005
  • Viajes Diferentes. Autoedición*, 2007
  • Con C de Confín. Autoedición*, 2010
  • Infancia. Autoedición*, 2014
  • Haere mai. Un viaje a Nueva Zelanda, Amazon (2017)

Los libros marcados con asterisco (*) han sido posteriormente publicados en Amazon.


Premios

  • Premio de Cuentos de la FEVAL. Don Benito, 1985.
  • Finalista del Premio de Novela Corta Felipe Trigo en Villanueva de la Serena. 1986.
  • Accésit del II Certamen de Narraciones cortas Monumento Natural Los Barruecos. Malpartida de Cáceres, 2003
  • Premio del I Certamen Literario Asociación 8 de Marzo. Plasencia, 2003
  • Beca a la Creación Literaria. Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura, 2004
  • Accésit del XV Concurso de Relatos del Ateneo Cultural de Paterna, 2016
  • Premio al I Concurso de relatos "La Tinta por Bandera" de Sevilla, 2016

Bibliografía


Textos

Pon un río. Pon un pueblo, y una obra faraónica de las que duran años. Pon doscientos niños en un paisaje virgen, casi idílico, donde te puedes dar de manos a boca con un ciervo tímido o una hembra de jabalí que defiende a sus crías a la puerta misma de tu casa. Coge un maestro de los que no imparten asignaturas, sino que ayudan a encauzar el porvenir, y tendrás el sitio donde la vida se da la mano con la muerte y todos aprendemos la riqueza de la coexistencia. Una cosa así te marca para siempre. Por muy lejos que te marches, por más tiempo que vivas.

 

El recuerdo es como un ruido de fondo: se intensifica o se amortigua, pero siempre está ahí. Cuando lo creo enterrado bajo sucesivas capas de memoria, llega la noche y vuelvo al número 26 de la calle del Río, y veo a mis vecinos Joaquín, Cecilio, Carlos, Julio, Lope, Antoñito. Y me encuentro con Demetrio, Pajares, Vadillo, Barroso, Luis Rosa. Y si es domingo nos gastamos nuestra paga en pipas y vamos al cine a ver Látigo Negro o El Hijo de Tarzán. Y, si es de diario, jugamos después de la escuela en el Barranco del Arroyo a construir embalses, o caminamos hasta la majá enviados por nuestras madres a comprar leche y quesos. También sucede que estoy acostado, y sueño que duermo en otra cama muy atrás en el tiempo, mientras repiquetea la lluvia en el tejado de uralita y oigo rugir las aguas del poderoso Tajo mientras, en la duermevela, pienso que mañana habrá barro y charcos camino de la escuela.

 

Suena la pita de dar de mano y empiezan a salir hombres de todas partes. Solo se ven cascos grises y alguno blanco. Llevan el andar cansino que dejan doce horas de trabajo y charlan en grupos. A algunos se los ve desfallecidos; otros, en cambio, caminan más deprisa con ganas de llegar. Cuando pasan frente al bar de Jábega el grupo se reduce. Muchos otros se quedan en la residencia para peones. Quedan por último los que vienen hasta el Poblado, donde están su casa y su familia. En esos momentos soy el niño más feliz del mundo, porque voy a ver a mi padre. Yo le admiro a él y a los que, como él, están levantando una mole colosal que llega hasta las estrellas.

 

Pasa Jareño una y otra vez con su bici azul y blanca. Es el único que tiene una, al menos una nueva, y daríamos cualquier cosa por que nos dejase dar una vuelta (por ejemplo, nuestra colección de tebeos), pero como no nos la presta hacemos gala de una fría indiferencia. Por suerte nunca nos falta ocupación, como por ejemplo excavar cuevas en los taludes, o tirarnos por los terraplenes con los carretones de la obra, o embarcarnos en empresas que nos dejan las rodillas y los codos magullados. A mí me gusta especialmente la celebración de Los Santos, cuando salimos al monte y asamos chorizo, tocino, castañas. Todos bebemos vino, y los más atrevidos se pavonean encendiendo tabaco sisado a los padres o comprado de tapadillo, y expulsando redondas volutas entre alguna que otra tos.

 

 En las tardes de invierno esperamos con ansia a que oscurezca y se marchen los obreros que construyen casas nuevas junto al Poblado. Entonces reavivamos la lumbre que han dejado casi extinta, arrimamos las carretillas metálicas, esperamos que se calienten y nos sentamos en ellas. En ocasiones viene Manolo, el hermano mayor de Demetrio, y mientras miramos el fuego y las estrellas relata cuentos que casi siempre son de miedo. Nos asustan tanto que, cuando oímos las voces de nuestras madres llamando a cenar, nadie espera a nadie: todos salimos corriendo, porque es aterradora la oscuridad que atenaza a la hoguera como un anillo.

 

Cuando vinimos aquí yo era muy pequeño y el Poblado es todo lo que conozco, pero mis padres y hermanos sí que se acuerdan del pueblo. Dicen que allí no teníamos luz eléctrica, ni agua corriente ni, por supuesto, cuarto de baño. Que es duro el trabajo en la obra, pero más lo era con el amo, muchas penas y futuro ninguno. Yo les escucho y asiento como quien oye una vieja historia, porque todos mis recuerdos residen en esta casa de la calle de Enmedio que para mí ha existido desde siempre: los límites de mi mundo son la montaña, el río y la presa que he visto crecer año tras año, como un animal prehistórico. Y mis preocupaciones, las de cualquier niño de nueve años: tratar de que José Salvador me invite a su casa a ver la tele o leer sus colecciones de tebeos, procurar que don Abel no me castigue y, últimamente, hacerme el firme propósito de no romper más bombillas, después de que hace dos meses se nos ocurrió dejar el Poblado a oscuras con la consecuente bronca familiar, exposición a la vergüenza pública y amenaza de calabozo si reincidíamos.

 

Cuando conseguimos algo de dinero vamos a gastarlo a la tienda de Montecasti. Lo de tienda es un decir, porque no es más que una tablazón sobre burrillas y un arcón para guardar la mercancía. Otras veces nuestras madres nos mandan a por leche a la Vaquería, y entre que está lejos y enredamos mucho, a la vuelta se nos suele hacer de noche. Además, como hacemos bastante el tonto, a veces vertemos parte del contenido, y entonces tenemos que parar en la Fuente Ferruginosa para reponer lo perdido. En ocasiones llego a casa con más leche de la que mi madre me encargó, y entonces la oigo comentar con deje burlón lo generoso que se ha vuelto últimamente el vendedor.

(De Ataguía)