Santos, Juan Ramón


Nombre:

Juan Ramón Santos 

 

Origen:

Plasencia (Cáceres) 1975 

 

Identidad:

Autor de novelas, relatos y libros de poesía.

 

Contacto:

juanrasd@gmail.com

 



Biografía

Nacido en Plasencia en 1975, Juan Ramón Santos es Licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas y autor de novelas, relatos y libros de poesía. Fundador de la Asociación Cultural Alcancía, de Plasencia, desde 2005 coordina con Nicanor Gil el Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán”, de Plasencia, y desde finales de 2015 ocupa el cargo de presidente de la Asociación de Escritores Extremeños.

 

Mantiene una sección dedicada a la reseña y recomendación de libros en la web www.planvex.es bajo el título “Con VE de libro”.


Premios

Con Cortometrajes y Cuaderno escolar quedó finalista del Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en España en sus ediciones de 2005 y 2009.


Obra publicada

NOVELA

Biblia apócrifa de Aracia, Badajoz, Del Oeste Ediciones, 2010 

El tesoro de la isla, Mérida, Editorial de la luna libros, 2015

 

 

El verano del Endocrino, Tegueste, Editorial Baile del Sol, 2018

 

RELATO

Cortometrajes, Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2004

El círculo de Viena, Gijón, Llibros del Pexe, 2005

Cuaderno escolar, Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2009

Palabras menores, Mérida, Editorial de la luna libros, 2011

Perder el tiempo, Mérida, Editorial de la luna libros, 2016

 

POESÍA

Cicerone, Mérida, Editorial de la luna libros, 2014 

Aire de familia, Sevilla, La isla de Siltolá, 2016

 

ANTOLOGÍAS Y LIBROS COLECTIVOS

Relatos relámpago, Mérida, Editorial Regional de Extremadura, 2007

Por favor, sea breve 2, Madrid, Páginas de espuma, 2009

 

 


Textos

LA MEDIDA DE TODAS LAS COSAS

 

Tendría cuatro o cinco años cuando el abuelo Teodoro iba a buscarlo a la puerta del parvulario. El niño le daba un beso, el hombre lo cogía de la mano y juntos recorrían un trayecto que sabían de memoria y que arrancaba en la calle Encarnación, atravesaba la plaza de la Catedral, recorría un tramo de la calle Blanca y luego la calle Trujillo abajo, pasando bajo el cañón de la Salud y cruzando a continuación el río. Al otro lado del puente se despedían con otro beso y el niño volvía corriendo por escondidas callejuelas que serpenteaban hasta su casa en lo alto del cerro San Miguel. Durante ese breve recorrido, el abuelo lo entretenía contándole chistes, historias y chascarrillos que lo dejaban completamente anonadado y lo enviaban de vuelta a casa dándole vueltas y más vueltas a la cabeza. Un día, cuando pasaban delante de la puerta de la catedral, intrigado por la desmesura de semejante construcción –inconcebiblemente grande desde su baja perspectiva–, el niño preguntó tirando de la mano, Abuelo, ¿por qué la catedral es tan grande?, Porque cuando la levantaron los hombres eran enormes, respondió el abuelo, mucho más altos de lo que somos nosotros ahora. Pese a la ávida ignorancia de sus cuatro o cinco años, extrañado por tan insólita revelación, el niño lo miró con unos ojos muy redondos y bastante incrédulos, pero entonces el abuelo añadió irrefutable, ¿Es que no te has fijado alguna vez ahí dentro en los libros esos tan grandes que leían?, y el muchacho, con la boca abierta, recordando los formidables volúmenes que tantas veces había visto abiertos de par en par, recostados sobre el soberbio facistol en medio del coro, asintió del todo convencido pero profundamente preocupado, preguntándose cómo era posible que los hombres hubiésemos podido llegar a caer tan bajo.

 

(De Cuaderno escolar)

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LA ISLA

 

Recuerdo las mañanas de domingo,

cuando éramos pequeños y la isla

era un lugar agreste, algo dejado

de la mano de Dios y de los hombres.

Veníamos entonces con mi padre

y nuestros chándales azul marino

con la sana intención de hacer deporte

siguiendo un recorrido salpicado

de férreos artefactos que servían

para hacer intrincados ejercicios 

y que hoy no pasarían, por lo rudo,

ningún proceso de homologación.

Mis hermanos y yo, en aquel entonces,

no dábamos la talla todavía

pero nos obstinábamos los tres,

con tesón infantil inquebrantable,

en cumplir la tarea señalada

mientras mi padre, para dar ejemplo,

se esforzaba entre leños y entre hierros

por alcanzar el número adecuado

de abdominales, saltos y flexiones

y, de paso, dejarnos boquiabiertos,

seguros de ser hijos de un titán.

Hoy la isla es un parque más diáfano,

con menos árboles y más caminos

y explanadas de césped verde y raso

que le dan un cariz muy europeo

y por nosotros ha pasado el tiempo:

mi padre al fin ha vuelto a ser un hombre,

mis hermanos son padres de familia

y ahora soy yo el que viene con mi hija,

y algunas veces nos encaramamos

en estos aparatos amarillos,

hoy tan sofisticados y ergonómicos,

y mientras ella juega bamboleándose

como en un balancín o en un columpio,

yo, del todo consciente de mi rol,

me esfuerzo entre jadeos y bufidos

en hacer ejercicio, disfrutando

del placer de ser héroe por un día.

 

(De Cicerone)