Navalón Mateos, Alberto


Nombre:

Alberto Navalón Mateos 

 

Origen:

Cáceres (1969) 

 

Identidad:

Novelista

 

Contacto

albertonavalon@hotmail.es



Biografía

Nacido en Cáceres en julio de 1969. Diplomado en magisterio por la Universidad de Extremadura y técnico de comunicaciones en Telefónica de España desde 1991. Comencé en la literatura por casualidad porque siempre me dediqué a la fotografía, así que, en el 2008 publiqué la primera novela titulada "Ojos negros" y luego le han seguido siete títulos más.


Obra publicada

  • Ojos negros. Año 2008. Novela.
  • Doce años. Año 2009. Novela.
  • Nieblas de noviembre. Año 2010. Novela.
  • Lágrimas para otra vida. Año 2011. Novela.
  • Yo no leo. Año 2011. Obra coral de micro relatos.
  • Curvas de La Habana. Año 2012. Novela.
  • Los pájaros no cantan en Madrid. Año 2017. Novela.
  • Brasero de herejes. Año 2019. Novela.
  • Asesinato de una emparedada. Año 2020. Novela.

Textos

A veces me pregunto, al observarla a través de la mirilla, quién de los dos lleva una vida más mísera, si ella o yo y la respuesta es aplastante: yo, como siempre me digo a mí mismo al contemplarla y, sobre todo, por las noches si me asomo a la pequeña ventana del cuarto de aseo del pasillo escuchándola dialogar con sus gatos, esos pequeños seres odiosos y traicioneros, déspotas, y que, sin embargo, la llenan de mimos y compañía, algo de lo que yo carezco desde hace mucho tiempo.

Quizás la rutina sea el mejor de los séquitos cuando no tienes nada ni a nadie a tu lado, a alguien a quien aferrarte en los momentos en que sientes la necesidad de hablar y expresarte, y esos, hoy por hoy, se suceden con bastante cadencia. Sé, por su modus operandi, sus horarios, sus costumbres y hasta las veces que visita el baño, aunque eso a mí no me importe mucho. No sé por qué hago esto, por qué se ha convertido en una obsesión el ver su ritual al salir de su casa, siempre a la misma hora, siempre con la misma forma de actuar: primero observa a través de la mirilla metálica de la puerta, girándola por completo, luego abre la puerta despacio, aunque el chirriar de sus bisagras la delate y se para y mira hacia las escaleras para comprobar si sube alguien, o pudiera alguna persona estar escondida tras la malla del hueco del ascensor, para después salir y girar la llave dos veces, persignarse y pedirle a Dios en voz alta que la acompañe.

Muchas veces regresa enseguida y pienso que ha pedido protección en vano, porque con tan poco tiempo en la calle no ha podido pasarle nada. A lo mejor me equivoco y un día el azar la esté esperando con una acera mojada o una bolsa de plástico arrojada en el portal del edificio.

A la misma hora, prisionera del reloj y de las manecillas del tiempo, del día a día, sale de su cubil arrastrando su menudo cuerpo que apoya en un bastón marrón oscuro, lleno de arañazos que desnudan su corazón de madera, tan dañado por el paso de los ciclos vitales y las zarpas de los mininos como su maltrecha salud.

Su rumbo lo desconozco y juego a imaginar adónde la llevarán sus pasos, vestidos con negras zapatillas de estar en casa y medias de igual color. Pienso en muchas cosas mientras espera al ascensor y solo lo que porta en sus manos es capaz de darme pistas sobre lo que pudiera hacer en la calle.