Peloche, Mario


Nombre:

Mario Peloche

 

Origen:

Cádiz. 1975

 

Identidad:

Escritor (novelero, novelista, escribidor para alguno, a todas luces prosista)

 

Enlaces:

 

 

https://psentimiento.wordpress.com (blog más personal)

https://hecatenovela.wordpress.com (blog de la novela Hécate)

https://m.facebook.com/Hécate-novela-167760146759677/?locale2=es_ES

https://m.facebook.com/El-molino-de-Dios-607513716115786/?locale2=es_ES

https://m.facebook.com/Ojos-negros-sobre-el-Támesis-103229300426216/

 

Contacto

mariopeloche@gmail.com

 

https://m.facebook.com/people/Mario-Peloche-Hernández-Escritor/100007067055439

 

 

@mario_peloche (Twitter)



Biografía

 

Mario Peloche Hernández nació en Cádiz en 1975, aunque ha pasado gran parte de su vida en Extremadura (la rama paterna de su familia es originaria de Cañamero), primero en Cáceres, donde transcurrió gran parte de su infancia y juventud, y Fuente de Cantos (Badajoz), donde reside desde hace algunos años. Es licenciado en Biología por la Universidad de Extremadura, y actualmente ocupa una plaza de bombero forestal. Por lo tanto, biólogo de formacion, bombero forestal de profesión...y escritor de alma y corazón, como él mismo se define. Porque no le queda otra. Por culpa de las lecturas de aquel niño que leía demasiado, y que acabó convirtiéndose en un Gonzalo Suárez insignificante, en el hombre que soñaba demasiado. Porque escribir —aparte de soñar, cuñas de la misma madera— es lo que mejor sabe hacer, aunque, como él mismo se encarga de acotar enseguida, eso no signifique demasiado. 

Y porque está maldito.  

 

Sí. Él piensa que los escritores —todos, o todos los que, como él, solo se sienten verdaderamente completos cuando escriben— están malditos. Por el mero hecho de que escriben. Y escribir es una obsesión. Es la OBSESIÓN, con mayúsculas. Es supeditarse a ella, obviando el temor más absoluto, el de la primera palabra. Es ceder parcelas de tu vida y de tu mente, es aislarte, arriesgarte a que el refugio de la soledad se convierta en tu hogar. Son noches de rebullir de carne y tela, calor y digestiones eternas, y días de lasitud, de bucles de niebla y limbo, como si la vida de verdad fuera un sueño y los sueños la verdadera vida, la única cosa real y tangible. Y así ha pasado el tiempo Mario, tiempo cómplice y homicida, cadena de acero inexorable, cansado de estar cansado, ahíto de soñar, dispuesto a dar su vida por despertar del sueño de Adán y encontrar la verdad como decía Keats —heurística utopía—, pero siendo incapaz de aprehenderla. 

 

Sobra decir viendo lo anterior que Mario es mucho más prosa que poesía (cree que con poesía la vida es mujer, la vida es bella; pero que con prosa, la vida es lo que es: la vida es soledad, la vida es real. Con poesía, es magia; con prosa, Prozac). 

Por eso posa y prosa hoy aquí de esta guisa.


Obra publicada

Individual:

  • Hécate”, Aranjuez. Editorial Atlantis (2013, desde 2018 con Tau Editores -Cáceres- exclusivamente en formato ebook)
  • "Ojos negros sobre el Támesis”, Cáceres, Tau Editores (2017)
  • "El molino de Dios", Granada, Esdrújula ediciones (2017)

Colectiva:

  • Relato "Apnea" en antología "Golpe a la violencia de género“, editorial Atlantis (2014)
  • Relato “El moderno Eros” en la revista Ánima Barda, n° 3, editorial Cyberdark (2015)
  • Relato "El bosque" en publicación digital Amanecer Pulp 2015
  • Relato "El beso" en la revista literaria Norbania, n° 6, editorial Norbanoba (2015)
  • Relato "Las cosas que nunca te dije" en la revista literaria Norbania, n° 7, editorial Norbanoba (2017)

Premios

  • Finalista en la V Edición de los premios “La Isla de las Letras 2014” dentro de la categoría de Fantasía y Ciencia Ficción.
  • Finalista del premio de relato "Domingo Santos" 2017.
  • Segundo premio en el concurso de microrrelato de las II Jornadas Góticas de Cáceres 2017.

 


Bibliografía sobre el autor


Textos

«Anochece en este rincón apartado de las Hurdes. Aquí, la noche no pinta el cielo de negro, no; aquí surge bituminosa de entre las hendiduras de las pizarras, trepa con sus dedos de brea por las sombras chinescas de jaras y coscojas; la exuda el propio humus oscuro, ahíto de acoger en su seno la carne y la sangre de los que lucharon contra él, grabando en surcos de siembra las cicatrices de su sufrimiento. Sara mira por la ventana, como tantas noches. Su hijo se ha perdido. Y aunque ni los cielos ni Dios mismo hagan caso a mis peticiones, lo recuperará. Conoce otras maneras. Conoce las normas de la tierra, los latidos de la savia, las palabras del viento. Ella forma parte de este sitio, y aquí las reglas son distintas. Se reza a los santos, por supuesto, para que se produzcan buenas cosechas, para que llueva o, si cae el agua en demasía, para que escampe. Pero eso no es óbice para que también se rece a los curanderos o, como se conocen por la zona, a los zajuriles, ni para que incluso se adore a esa misma tierra que sustenta las raíces o a las nubes preñadas de agua. Aquí, las tormentas se «jusan», se espantan o se atraen con ensalmos y conjuros. Es este un animismo sin definir como tal, atávico porque se mama con la cultura y la educación, porque se ha perpetuado de generación en generación de gente cetrina y encorvada en guerra perpetua con la tierra y el cielo. Este es un lugar sin medias tintas, oscuro y hermoso, fértil y agreste. Aquí, la naturaleza, como las dríades de los griegos, tiene aspecto de mujer, respira y camina, y tiene sus propios rezos, sus propias canciones. Como la misma noche.»

 

(Fragmento (versión libre) de la novela "El molino de Dios", capítulo XIII, página 165 a 167)

 

 

«...Era un rostro serenamente voluptuoso. La cabellera negra, ondulada como un mar encrespado, enmarcaba una cara ovalada, serena, de tez sonrosada, alejada de 

la palidez cadavérica de las féminas de Poe. Sus labios se mostraban carnosos, brillantes, como si en el intervalo de mi pestañeo se los hubiera humedecido subrepticiamente. Pero lo que captó mi inmediata atención fueron los ojos. Grandes, ligeramente almendrados, de largas y espesas pestañas y color profundamente negro, tanto que la pupila parecía haber sido sustituida por un anillo de ébano. Daban la impresión de pozos de brea, porque parecía que el magnífico artista no había querido conferirles brillo propio, sino que por el contrario había aprovechado 

el reflejo del tímido rayo de luz que casi con fervor se deslizaba por el flanco de la cara para infundirles su reflejo.»

 

 

(Fragmento del relato largo "Ojos negros sobre el Támesis", pags. 19-20)